por Ricky Kurth
La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica mensualmente en su sitio web la revista The Berean Searchlight, a la cual puede suscribirse siguiendo en enlace anterior. En 2T15, publicamos traducciones al español de artículos publicados originalmente en esa revista, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.
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La semana pasada analizamos la maravillosa ilustración del matrimonio: al morir juntamente con Cristo en la cruz, quedamos legalmente desvinculados de la Ley para poder unirnos al Señor resucitado y llevar verdadero fruto espiritual. En esta entrega, Pablo profundiza en cómo opera la Ley en la naturaleza humana y por qué Dios tuvo que librarnos de su dominio.
Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte (Romanos 7:5)
Cuando éramos inconversos, estábamos en constante movimiento, pero como aprendimos en Romanos 6, ¡cada paso que dábamos era pecado ante los ojos de Dios! ¡Y Pablo afirma que fue «la ley» la que dio ese impulso y estímulo al pecado! Debido a la naturaleza caída que heredamos de Adán, cuando se nos prohíbe algo por ley, ¡eso solo nos motiva a querer hacerlo aún más! Durante la Ley Seca, el consumo de alcohol en realidad aumentó, porque la prohibición legal incitó la naturaleza caída de los hombres a quebrantar la ley.
Y la Ley de Moisés funciona de la misma manera. La mayoría de la gente piensa que la Ley debilita el pecado, pero Pablo dice que «el poder del pecado, es la ley» (1 Corintios 15:56). La mayoría supone que la Ley hace disminuir el pecado, pero Romanos 5:20 declara que «la ley se introdujo para que el pecado abundase».
¿Por qué daría Dios una ley que fortalece el pecado y lo hace abundar? ¡Para hacer que los hombres reconozcan su necesidad de un Salvador! Ese era el propósito de la Ley.
Es natural asociar el movimiento con la vida; pero así como los hombres que están «muertos en delitos y pecados» pueden andar según la carne (Efesios 2:1-3), de igual modo los incrédulos espiritualmente muertos pueden producir el movimiento de buenas obras de justicia propia. Sin embargo, cuando lo hacen, solo «aparentan el movimiento» de la justicia. No producen fruto genuino que Dios pueda aceptar. Un árbol solo puede dar fruto «según su género» (Génesis 1:12), de modo que el fruto producido por un incrédulo espiritualmente muerto solo puede ser «fruto para muerte».
Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra (Romanos 7:6)
Cuando leemos la palabra «libres» o «librados», pensamos en cómo la salvación nos libró de cosas tales como «la potestad de las tinieblas» (Colosenses 1:13). ¡Pero también necesitábamos ser librados de la condenación de la Ley! La palabra griega para «librados» aquí se traduce con frecuencia como «destruidos» o «anulados», de modo que Pablo está diciendo que fuimos librados de la Ley mediante la anulación de la Ley y de nuestra relación con ella. Habiendo «muerto para aquella en que estábamos sujetos», quedamos libres para unirnos a Cristo y servir a Dios «bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra».
¿Cuál es la diferencia? Cuando los nazis entraron en París, a los ciudadanos se les ordenó apostarse en las calles y vitorear, orden que obedecieron por miedo a las represalias si no lo hacían. Pero cuando los aliados liberaron París, las mismas aclamaciones estuvieron motivadas por un amor genuino hacia la fuerza que los estaba rescatando de sus enemigos. Del mismo modo, el incrédulo bajo la Ley realiza buenas obras por temor a lo que Dios le hará si no las hace. Pero una vez que somos salvos por gracia, esas mismas buenas obras están motivadas por un amor sincero hacia nuestro Redentor.
¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás (Romanos 7:7)
Pablo sabe que a sus lectores les inquietará su afirmación de que la Ley da impulso al pecado, por lo que se apresura a añadir que la Ley en sí misma no es pecado. Él no habría sabido qué era el pecado sin la ley, «porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3:20). Y si nunca hubiera conocido el pecado, jamás habría llegado a conocer a Cristo, pues «la ley ha sido nuestro ayo para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe» (Gálatas 3:24).
La Ley es como un equipo de rayos X o una máquina de resonancia magnética: ambos pueden revelar con claridad qué anda mal en ti, pero ninguno de los dos puede curarte. De igual manera, la Ley puede mostrarle al pecador su pecado, pero es incapaz de salvarlo de él. En la vida del creyente, la Ley puede ser un termómetro excelente que revela qué tan alta arde la fiebre del pecado en su vida. Sin embargo, carece de poder para actuar como termostato; es decir, no tiene poder alguno para regular el pecado.
Queda claro que la Ley, lejos de ser un remedio para purificar la conducta, es un instrumento de diagnóstico que expone la gravedad de nuestra condición. Pero, ¿qué sucede cuando un creyente sincero intenta recurrir a los mandamientos para vivir en santidad? En nuestra próxima entrega acompañaremos a Pablo en su testimonio personal para descubrir por qué El pecado revivió y yo morí al intentar usar la Ley en la vida cristiana. ¡Acompáñanos el próximo martes!

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