por Ricky Kurth
La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica mensualmente en su sitio web la revista The Berean Searchlight, a la cual puede suscribirse siguiendo en enlace anterior. En 2T15, publicamos traducciones al español de artículos publicados originalmente en esa revista, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.
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En la entrega anterior vimos que la gracia transforma nuestros anhelos y que obedecer al pecado solo trae un estado de insensibilidad y muerte a nuestro testimonio cristiano. Llegamos al desenlace de este capítulo, donde Pablo ilustra la entrega total que Dios espera de nosotros y el fruto duradero que Su pueblo está llamado a cosechar.
Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia (Romanos 6:17,18)
Cuando no eras salvo, eras «esclavo del pecado», incapaz de rendir «obediencia para justicia». Pero cuando fuiste salvo, «viniste a ser» siervo de la justicia. Aunque ahora puedes elegir servir al pecado o a la justicia, eres por identidad un siervo de la justicia, libre para siempre de la tiranía del pecado.
Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia (Romanos 6:19)
Hablar «como humano» o de manera humana significa presentar una ilustración tomada del mundo de los hombres (Gálatas 4:15), y la debilidad de nuestra carne que Pablo menciona aquí se refiere a que con frecuencia necesitamos este tipo de comparaciones terrenales para entender la verdad divina. Aquí Pablo duda en comparar la forma en que vivimos para el Señor con la forma en que solíamos vivir para el pecado, y por eso matiza la comparación con esta aclaración. Sin embargo, la comparación es tan acertada que no puede dejarla pasar. Las palabras «así como» y «así ahora» indican que debemos servir ahora al Señor del mismo modo en que solíamos servir al pecado: ¡es decir, con todas nuestras fuerzas! Deberíamos servir al Señor con el mismo entusiasmo con el que solíamos servirnos a nosotros mismos y a nuestros propios intereses y deseos.
Porque cuando erais esclavos del pecado, erais libres acerca de la justicia (Romanos 6:20)
Si hemos de vivir para el Señor «así como» solíamos vivir para nosotros mismos, Pablo nos presenta un inmenso desafío, pues cuando servíamos al pecado lo servíamos en forma exclusiva, estando absolutamente «libres acerca de la justicia». Servir al Señor de tal manera en el presente implicaría asimismo servirle con exclusividad, totalmente libres del pecado. Nada menos que esta meta sublime debería ser el anhelo expreso de nuestros corazones.
¿Pero qué fruto teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis? Porque el fin de ellas es muerte (Romanos 6:21)
Por ordenanza divina, un árbol frutal da fruto «según su género» (Génesis 1:11). «El árbol malo da frutos malos» (Mateo 7:17), y el resultado final de esta clase de frutos en los inconversos es pecado y muerte.
Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna (Romanos 6:22)
Ahora que ya no perteneces al pecado, sino que perteneces a Dios, «los frutos de justicia» (Filipenses 1:11) que produces ya no se consideran autosuficiencia pecaminosa; ahora son catalogados como «santificación», cuyo desenlace es la «vida eterna».
Pero, ¿cómo puede ser la vida eterna el «fin» o resultado del fruto de la santificación, cuando Pablo enseña con claridad que es «por su gracia» que recibimos la «vida eterna» (Tito 3:7)? ¡Ah!, aquí el apóstol habla de la vida eterna que podemos experimentar y disfrutar en esta vida presente. Esto es semejante a cuando Pablo dice que nosotros, que ya poseemos vida eterna, podemos «echar mano de la vida eterna» peleando la buena batalla de la fe e invirtiendo nuestros recursos en la obra y en el pueblo del Señor (1 Timoteo 6:11,12,17-19). Los creyentes que viven únicamente para sí mismos y gastan su dinero de manera egoísta están aferrándose solo a esta vida terrenal.
Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Rom. 6:23)
Este es un versículo que solemos usar al compartir el evangelio con los incrédulos, pero en este capítulo Pablo en realidad no se está dirigiendo a los no convertidos, sino que está hablando a los creyentes. Esto no significa, sin embargo, que no debamos usar este texto al presentar a Cristo a los demás, pues el principio que Pablo cita es verdadero. La paga que el incrédulo recibe por su pecado es la muerte física, espiritual y eterna, y aceptar la vida eterna como el regalo de Dios es su única esperanza. El objetivo de Pablo, no obstante, es enseñarnos que el pecado continuará teniendo un efecto amortiguador y letárgico en nuestras vidas aun después de haber sido salvados. Pero, gracias a Dios, Su dádiva para nosotros como creyentes es que ahora podemos asirnos de la vida eterna, que es nuestra única esperanza para disfrutar de la vida espiritual rica y plena que Dios anhela que tengamos como hijos Suyos. ¡Que este sea también el anhelo ardiente de nuestros corazones!
Concluimos así el examen de Romanos 6 en nuestra serie «Una guía para la piedad». Habiendo sido comprados por el sacrificio de Cristo, ya no somos deudores a la carne ni esclavos de la iniquidad; hemos sido constituidos en siervos de Dios para cosechar santidad y gozar hoy de la plenitud de la vida eterna. Que cada día presentemos con gozo nuestras vidas y nuestros miembros a Aquel que nos libertó para siempre.

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