Una guía para la piedad: El engaño del mandamiento

Ricky Kurth|El testimonio personal de Pablo revelando cómo la introducción de la Ley en la vida cristiana reactiva el pecado, marchita la vitalidad espiritual y demuestra la inutilidad del legalismo.

por Ricky Kurth

La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica mensualmente en su sitio web la revista The Berean Searchlight, a la cual puede suscribirse siguiendo en enlace anterior. En 2T15, publicamos traducciones al español de artículos publicados originalmente en esa revista, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.

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En el artículo anterior vimos que la Ley funciona como un termómetro que diagnostica el pecado, pero que carece del poder de un termostato para regularlo o dominarlo. Llegamos ahora al conmovedor testimonio personal del apóstol Pablo, donde relata lo que experimentó cuando, siendo ya creyente, intentó emplear la Ley para combatir el pecado en su vida.

Mas el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, produjo en mí toda codicia; porque sin la ley el pecado está muerto. Y yo sin la ley vivía en un tiempo; pero venido el mandamiento, el pecado revivió y yo morí (Romanos 7:8,9)

Hasta este punto, Pablo ha estado hablando de la Ley y de su efecto en nosotros cuando «nosotros» (vv. 4,5,6) éramos inconversos. El cambio que hace Pablo aquí hacia el pronombre «mí» o «yo» indica que va directo al grano para dar un testimonio personal relativo a su relación con la Ley después de haber sido salvo.

Pablo «vivía sin la ley», es decir, fue salvo y pasó a estar espiritualmente vivo como todos nosotros: por gracia mediante la fe, aparte de las obras de la ley (Romanos 3:20,28). La gracia le enseñó a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a vivir «en este siglo sobria, justa y piadosamente» en gratitud a Dios por haberlo salvado (Tito 2:11,12), apartándose del mal con todo el vigor y entusiasmo de un recién nacido hijo de Dios.

Luego, como nos pasa a todos, pensó que la Ley le ayudaría a lidiar mejor con el pecado. Pero «venido el mandamiento», esto es, cuando introdujo la Ley en su vida con la intención de vencer el pecado, produjo el efecto exactamente contrario. Como él mismo expresa: «venido el mandamiento, el pecado revivió».

Hemos visto que la Ley incita a los incrédulos a pecar y los hace ver su necesidad de un Salvador. ¡Pero la Ley causa exactamente el mismo efecto en los creyentes! Cuando somos salvos, recibimos una nueva naturaleza del Señor, pero no perdemos la vieja naturaleza pecaminosa, la cual anhela pecar con mayor intensidad cuando se le prohíbe hacerlo.

De modo que cuando Pablo se puso bajo la Ley, esta continuó haciendo lo que hacía antes de ser salvos: activar el pecado; y «el pecado revivió». El pecado se había adormecido cuando Pablo fue salvo por gracia, pero él sin querer lo despertó y reavivó al aplicar la Ley.

Como dice Pablo, el pecado tomó ocasión por la Ley. Cuando un orador dice: «Quisiera aprovechar esta ocasión para…», quiere decir que va a utilizar el momento de su discurso ante la audiencia para un propósito distinto de aquel para el cual se congregaron. Esto lo hacen a veces los actores al recibir un «Óscar» en la ceremonia de la Academia, aprovechando la enorme audiencia para hacer una declaración política. En nuestro texto, Pablo no introdujo la Ley en su vida espiritual para que obrara en él «toda codicia», ¡pero la Ley aprovechó la ocasión para hacer exactamente eso!

Cuando Pablo fue salvo sin la ley, «el pecado estaba muerto». Pero cuando dio entrada a la Ley en su vida, el pecado revivió y se invirtieron los papeles. Él «murió»; es decir, experimentó la muerte espiritual de la que hablamos antes, en la cual la vivencia cristiana del creyente se marchita y queda inerte.

Y hallé que el mismo mandamiento que era para vida, a mí me resultó para muerte (Romanos 7:10)

Pablo sabe que a sus lectores les perturbará aún más escuchar que la Ley da ocasión al pecado, por lo que se apresura a afirmar que la Ley «era para vida». Una y otra vez la Biblia declara que si un hombre pudiera cumplir la Ley a la perfección, Dios con agrado le recompensaría con la vida eterna (Levítico 18:5 cf. Lucas 10:25-28; Romanos 2:6,7; 10:5). Sin embargo, las palabras «permaneciere» y «todas» en Gálatas 3:10 indican que Dios exige una obediencia del 100% a la Ley, ¡el 100% del tiempo! Siendo esto algo que ningún incrédulo puede alcanzar, la Ley llegó a ser conocida como «el ministerio de muerte» (2 Corintios 3:7).

Pero cuando Pablo aplicó la Ley a su vida después de haber sido salvo, aprendió lo que todos descubrimos cuando seguimos su ejemplo: ¡que no somos más capaces de guardar la Ley a la perfección ahora que somos salvos de lo que éramos cuando estábamos perdidos! Pronto se dio cuenta de que todos sus signos vitales espirituales estaban en línea plana, y que necesitaba despertar del sueño de esta «muerte» (cf. Efesios 5:14).

Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató (Romanos 7:11)

¡Imagínate tomar un medicamento creyendo que te salvará la vida, para luego descubrir que en realidad te está envenenando! Tal es el caso del creyente con la Ley. Cree que le está ayudando, ¡cuando en realidad lo está matando espiritualmente! ¡Así fue como el pecado «engañó» a Pablo, y así es como nos engaña a todos!

De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno (Romanos 7:12)

Pablo dice que la Ley es «buena» también en 1 Timoteo 1:8, pero allí aclara que es buena solo «si uno la usa legítimamente». Pablo añade a continuación que «la ley no fue dada para el justo», es decir, no fue dada para los creyentes. El único uso legítimo de la Ley es despertar convicción de pecado en los «transgresores y desobedientes», para conducirlos al Salvador.

¿Luego lo que es bueno, vino a ser muerte para mí? En ninguna manera; sino que el pecado, para mostrarse pecado, produjo en mí la muerte por medio de lo que es bueno, a fin de que por el mandamiento el pecado llegase a ser sobremanera pecaminoso (Romanos 7:13)

Aquí Pablo se apresura a aclarar que no fue la Ley lo que lo mató, sino el pecado obrando por medio de la Ley. Pablo sabe que a los seres humanos les gusta buscar fallas en las leyes que los condenan. Cuando nos multan por exceso de velocidad, ¡no es porque fuéramos demasiado rápido, claro está, sino porque el límite de velocidad es absurdamente bajo! ¡No hay nada malo en nosotros; es la ley la que está mal! Aquí, Pablo se apresura a explicar que no estaba sugiriendo que hubiera algo defectuoso en la Ley de Moisés.

Así como la ley empeoró el pecado en los incrédulos, la Ley hace que el pecado sea «sobremanera pecaminoso» en el creyente. Desde luego, en el incrédulo, Dios aprovecha el poder de la Ley para agravar el pecado a fin de llevarlo a Cristo. Pero, ¿puede Dios sacar provecho cuando la Ley empeora el pecado en el creyente? Creemos que Dios saca provecho del efecto de la Ley en la vida del creyente de dos maneras.

En primer lugar, se dice que cuando algunos padres descubren a su hijo fumando, lo sientan y le hacen fumar un cigarrillo tras otro, ¡hasta que vomita todo lo que tiene dentro y no quiere volver a ver un cigarrillo jamás! Esta es una técnica que Dios utilizó a menudo con Israel. «Id a Bet-el, y prevaricad» suena como algo extraño para que Dios se lo diga a Israel (Amos 4:4), pero se lo dijo solo después de haberles rogado insistentemente que no pecaran (cf. Salmos 81:11-13; Eclesiastés 11:9; Ezequiel 20:39; Mateo 23:29-32). Solo cuando los hombres cierran sus oídos al llamado de Dios al arrepentimiento es cuando leemos afirmaciones como «Dios los entregó a la inmundicia» (Romanos 1:24,26,28). Dios reserva esta severa táctica como último recurso, pero la aplica con la esperanza de que los hombres sientan asco de su propia pecaminosidad.

Esta es, pues, la primera manera en que Dios puede beneficiarse del poder de la Ley para agravar el pecado en el creyente. A medida que la Ley empuja al creyente al pecado, con el tiempo este termina hastiado y asqueado de la bajeza de sus propios caminos. Y la segunda manera en que Dios saca provecho del efecto de la Ley en la vida de un creyente es que le hace comprender, de una vez por todas, que la Ley no es en absoluto la solución para frenar el pecado en su vida.

Con este desglose cerramos la tercera parte de nuestro recorrido por la piedad en la epístola a los Romanos. La Ley de Moisés es santa, justa y buena en su propósito divinamente asignado, pero resulta absolutamente incapaz de santificar o dar poder al creyente. Solo cuando abandonamos por completo la pretensión de perfeccionarnos por el mandamiento y descansamos en la suficiencia de la gracia divina, podemos ser librados de la frustración espiritual y caminar en verdadera novedad de vida.

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