por Ricky Kurth
La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica mensualmente en su sitio web la revista The Berean Searchlight, a la cual puede suscribirse siguiendo en enlace anterior. En 2T15, publicamos traducciones al español de artículos publicados originalmente en esa revista, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.
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En los artículos previos concluimos la primera sección de Romanos 6 viendo que, gracias a nuestra identificación con Cristo en Su muerte y resurrección, estamos legalmente muertos al pecado y vivos para Dios. Apoyado en esa base doctrinal, el apóstol Pablo pasa ahora a la aplicación práctica y al gobierno de nuestra vida corporal cotidiana.
No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal, de modo que lo obedezcáis en sus concupiscencias» (Romanos 6:12 - RV1960)
Antes de ser salvo, el pecado reinaba en tu vida, y no de la manera simbólica en que reinan los reyes nominales modernos. Los reyes en los tiempos bíblicos eran déspotas absolutos, y es en ese sentido que el pecado reinaba en tu vida cuando eras un incrédulo. ¡El pecado ejercía un dominio absoluto sobre todo tu ser! En ese entonces, no tenías opción al respecto, ya que todo lo que hacías era pecado. Pero ahora, aunque incluso el mejor de los creyentes puede caer en pecado, ¡no tienes que permitir que el pecado reine en tu vida!
Creemos que Pablo menciona aquí nuestro cuerpo «mortal» para recordarnos que, si bien nuestro espíritu ha sido salvado de la muerte eterna, nuestro cuerpo físico todavía está sujeto a la muerte física, ¡y el pecado apresura la muerte! La embriaguez constante destruirá tu salud, por ejemplo. Cuando el pecado avanza hasta el nivel delictivo, dicha actividad criminal incrementa tus probabilidades de morir baleado por las fuerzas de la ley o ejecutado por los tribunales. E incluso si nunca eres capturado y llevado ante la justicia, el temor constante de ser aprehendido causa estrés, un factor bien conocido que contribuye a la hipertensión y a las enfermedades cardíacas. Y este temor a ser descubierto es algo que afecta incluso a los mentirosos y a quienes cometen transgresiones menores. No es de extrañar que Pablo afirme en otra parte que obedecer a los padres que nos advirtieron acerca del pecado promueve la longevidad (Efesios 6:1-3), y no es de extrañar que mencione aquí nuestra mortalidad para darnos un estímulo adicional a fin de evitar a estos homicidas que amenazan la vida, comúnmente conocidos como pecados.
Ni tampoco presentéis vuestros miembros al pecado como instrumentos de iniquidad, sino presentaos vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como instrumentos de justicia (Romanos 6:13)
Cuando no eras salvo y tenías que pecar porque todo lo que hacías era pecado, no estabas rindiéndote ni cediendo ante el pecado, pues «ceder» sugiere que tienes una opción. Más bien, estabas obedeciendo a un déspota supremo que ejercía un dominio absoluto sobre tu ser. Pero ahora puedes hacer lo que no podías hacer cuando formabas parte de aquellos de quienes «no hay quien haga lo bueno» de los que Pablo habla en Romanos 3:12. Ahora puedes presentarte a ti mismo a Dios.
En los viejos tiempos, cuando se obligaba a los prisioneros a picar piedras durante todo el día, un prisionero que lo hacía no estaba cediendo voluntariamente ante el alcaide: estaba obedeciendo. Pero si, tras cumplir su deuda con la sociedad, un exconvicto decidiera pasar de visita y el alcaide le pidiera que picara algunas piedras para ayudarlo a alcanzar su cuota, el prisionero estaría cediendo voluntariamente a tal solicitud. Desde luego, ¡un hombre así tendría que estar mal de la cabeza, por así decirlo! Y lo mismo ocurre con los creyentes que se rinden al pecado después de que Cristo pagó nuestra deuda, aunque lamentablemente por lo general solo nos acordamos de ello después de haber caído.
Más bien, debemos presentarnos a Dios «como vivos de entre los muertos». Pero, ¿dónde podemos encontrar un modelo a seguir para esto? Hubo ocho personas en las Escrituras que fueron resucitadas de entre los muertos, pero la Biblia casi no nos dice nada acerca de sus vidas después de haber sido resucitadas. Quizá esta fue una omisión deliberada de parte de Dios, dejándonos únicamente el ejemplo de la vida posresurrección de nuestro Señor como nuestro modelo. Que cada uno de nosotros se determine a actuar mejor que Ezequías, quien no fue resucitado de entre los muertos, pero a quien se le concedió una prórroga de vida tras una enfermedad mortal (2 Reyes 20:1-6). Qué triste es leer que él «no correspondió al bien que le había sido hecho» (2 Crónicas 32:24,25). Que no se digan estas palabras de nosotros ante el Tribunal de Cristo, donde se determinará cuán bien servimos al Señor con la nueva vida que se nos ha otorgado a la luz de todo lo que Él hizo por nosotros.
Sabemos esto sobre la vida después de la muerte: según la tradición popular, solo un fantasma merodea por sus antiguos lugares habituales, tratando de revivir la vieja vida que disfrutaba antes de morir. Un hombre resucitado atiende las amonestaciones de Pablo de «buscad las cosas de arriba» y «poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3:1,2). Dios nos ayude a estar de igual manera «olvidando ciertamente lo que queda atrás» (Filipenses 3:13).
Reconocer que hemos sido librados de la tiranía del pecado y dotados de una vida resucitada cambia por completo el motivo de nuestra obediencia. Sin embargo, todavía surge una objeción recurrente: si ya no estamos bajo la ley, ¿acaso no tenemos libertad para pecar a nuestro antojo? El próximo martes examinaremos cómo la gracia no solo desactiva el dominio del pecado, sino que transforma radicalmente nuestros deseos en Bajo la gracia: la esclavitud voluntaria y la muerte cristiana. ¡Acompáñanos!

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