por el pastor John Fredericksen
La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica diariamente en su sitio web artículos devocionales con el nombre Daily Transformation, y más recientemente su versión en español, Transformación Diaria, a los cuales puede suscribirse siguiendo los enlaces anteriores. En 2T15, publicamos traducciones al español de dichos artículos, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.
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Jonathan Edwards (1703-1758) fue considerado por muchos como el predicador más poderoso y efectivo jamás escuchado en el continente estadounidense. Su sermón, «pecadores en manos de un Dios enojado”, llevó a muchos a confiar en solo Cristo para vida eterna. Sin embargo, no estaba exento de críticos. «Oliver Wendell Holmes describió a sus sermones como “bárbaros”. Mark Twain lo llamó “un lunático borracho”». Pero elogiado o criticado, Edwards continuó predicando la palabra de Dios sin inmutarse.
El ministerio de Juan el bautista fue aceptado y rechazado. La gente común de su época lo aceptó ampliamente como un hombre de Dios. Muchos en Jerusalén, Judea y la región del Jordán salieron a él para ser bautizados (Mateo 3:5). Herodes fue disuadido de ejecutar a Juan porque «…temía al pueblo; porque tenían a Juan por profeta» (Mateo 14:5 - RV1960). Sin embargo, los líderes religiosos de Israel, celosos de su popularidad, no aceptaron su ministerio. El Salvador expuso sus actitudes, diciendo: «…vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen: Demonio tiene» (Mateo 11:18). Sin un verdadero cargo que presentar contra Juan el bautista, fabricaron una campaña de desprestigio en oposición a él. Herodes hizo que decapitaran a Juan el bautista porque lo reprendió por tener a la esposa de su hermano. Sin embargo, tenía tanto miedo de él, que creía que el siervo de Dios había «…resucitado de los muertos» y le atribuyó «poderes» (Mateo 14:1-2).
Así como la principal preocupación de Juan el bautista no era si meros hombres aceptaban o rechazaban su ministerio, tampoco nosotros deberíamos estar preocupados de que meros mortales acepten o rechacen nuestro ministerio. Al igual que el apóstol Pablo, debemos esforzarnos por decir: «Yo en muy poco tengo el ser juzgado por vosotros, o por tribunal humano; y ni aun yo me juzgo a mí mismo… pero el que me juzga es el Señor» (1 Corintios 4:3-4). Si nos permitimos preocuparnos por las opiniones de los demás con respecto a nuestro ministerio para el Señor, su negatividad puede intimidarnos hasta silenciarnos. En beneficio de las almas perdidas que necesitan escucharnos compartir el evangelio, por la causa de Cristo, y debido a que la necesidad es grande, debemos continuar con valentía sin inmutarnos en el ministerio, independientemente de si otros aceptan o aprueban la verdad de la Palabra de Dios que compartimos. Hoy, busca solo ser «hallado fiel» al Señor (1 Corintios 4: 2) compartiendo el evangelio con un alma perdida y una verdad de la Palabra de Dios con otro creyente.

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