por Cornelius R. Stam
La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica mensualmente en su sitio web la revista The Berean Searchlight, a la cual puede suscribirse siguiendo en enlace anterior. En 2T15, publicamos traducciones al español de artículos publicados originalmente en esa revista, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.
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En 1 Corintios 1:22 se nos dice que «los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría» (RV1960). Esta es sin duda la razón por la que Dios eligió a Pablo, con su profundo trasfondo intelectual y agudeza, para proclamar a «Cristo crucificado», la «sabiduría de Dios» así como el «poder de Dios» (1 Corintios 1:23,24).
Pablo era un lógico talentoso además de teólogo, y en ningún lugar es esto más evidente que en su Epístola a los Romanos donde, por inspiración divina, presenta la lógica del plan de salvación de Dios. Una y otra vez, a lo largo de la Epístola, utiliza esa palabra tan prominente en las matemáticas y en la lógica: «por tanto» (o «por lo tanto»).
El dedo acusador
Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas… (Romanos 2:1)
La Epístola comienza con una acusación, un cargo. Es natural que el pecador busque desviar la culpa hacia otros. Adán dijo: «La mujer que me diste por compañera» (Génesis 3:12), y la mujer dijo: «La serpiente me engañó» (Génesis 3:13), y así ha sucedido a lo largo de todos los siglos desde entonces; pero Dios no excusó a nuestros primeros padres y tampoco nos excusa a nosotros.
Han surgido sectas religiosas que alientan a sus seguidores a declararse «no culpables» de la acusación de maldad moral. El universalismo, por ejemplo, no duda en cargar a una sola Persona con la responsabilidad de todo lo que acontece en el universo. Solo Dios, insisten, es responsable. El asesino, al igual que el misionero, y el ladrón, al igual que el teólogo, solo está haciendo lo que Dios planeó que hiciera. Se pretendía que él «cumpliera este papel». No hace sino cumplir la voluntad de Dios. De este modo, indirectamente, los universalistas acusan a Dios de un mal moral y, sobre esta base, argumentan que en última instancia Él reconciliará a todos consigo mismo. Pero Dios dice que los inconversos son «los hijos de desobediencia» y, por tanto, «hijos de ira» (Efesios 2:2,3). Él dio Su santa ley «para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de [culpable ante] Dios» (Romanos 3:19).
Romanos 2 indica, sin embargo, que si bien los hombres son propensos a intentar desviar la culpa de sí mismos, por lo general están muy listos para condenar a los demás. Por ello el apóstol señala específicamente a aquel que juzga a otros, fingiendo que él mismo es mejor, y le dice: «Eres inexcusable». Antes de que cualquiera de nosotros pueda ser salvo, debemos llegar al punto en el que reconozcamos: «He pecado contra la luz, contra mi mejor conocimiento. He pecado deliberadamente una y otra vez. Soy culpable, inexcusablemente culpable».
El rey David tuvo que llegar a esto tras haber juzgado a otro. El profeta Natán había ido a ver al rey para hablarle de un hombre rico que poseía «numerosas ovejas y vacas». Este hombre rico, dijo, le había quitado a un hombre pobre la única cordera que este poseía, la cual él y sus hijos habían amado y criado como una mascota familiar. ¿Qué, preguntó Natán, debería hacerse con el hombre rico? David, con su furor encendido «en gran manera», respondió: «Vive Jehová, que el que tal hizo tal es digno de muerte». Pero cuál sería su consternación al escuchar a Natán responder: «Tú eres aquel hombre» (2 Samuel 12:1-7).
Los apóstoles de nuestro Señor experimentaron una vergüenza similar cuando, sentados con Él a solas en el aposento alto, Él dijo: «De cierto os digo, que uno de vosotros me va a entregar» (Mateo 26:21). No dijo: «Alguien me entregará», o «Uno de mis discípulos me entregará», sino «Uno de vosotros me va a entregar». Sea dicho, en crédito de todos ellos, excepto de Judas, que uno tras otro, desconfiando de su propia naturaleza, dijeron: «¿Soy yo?», «¿Soy yo?», «¿Soy yo?»
El reconocimiento de nuestra total culpabilidad personal nos deja desarmados y sin excusas ante el Creador. Ante este panorama, la tendencia humana suele ser refugiarse en los méritos de las prácticas religiosas o en el cumplimiento formal de mandamientos. En nuestra próxima entrega, el apóstol Pablo cerrará de golpe esa vía legalista al demostrarnos por qué no encontraremos Ninguna ayuda de parte de la ley y cómo Dios abre un camino radicalmente diferente. ¡Nos vemos el próximo martes!

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