Una guía para la piedad: Esclavos de la obediencia

Ricky Kurth|Cómo la gracia transforma nuestros anhelos más profundos y por qué ceder al pecado induce un estado de letargo y muerte espiritual en la vida del creyente.

por Ricky Kurth

La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica mensualmente en su sitio web la revista The Berean Searchlight, a la cual puede suscribirse siguiendo en enlace anterior. En 2T15, publicamos traducciones al español de artículos publicados originalmente en esa revista, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.

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La semana pasada aprendimos que, habiendo resucitado espiritualmente con Cristo, ya no estamos atados a obedecer las órdenes del pecado en nuestro cuerpo mortal, sino llamados a presentar nuestros miembros a Dios. En este artículo, Pablo desmantela el temor común de que la gracia fomente el libertinaje y nos advierte sobre las consecuencias del pecado en el creyente.

Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia (Romanos 6:14)

Pablo explica aquí la razón por la cual el pecado ya no goza del dominio absoluto que ejercía sobre nosotros cuando no éramos salvos: «pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia». En la dispensación de la gracia, las únicas personas bajo la ley son los incrédulos (Romanos 3:19; 1 Timoteo 1:9,10). «El poder del pecado es la ley» (1 Corintios 15:56), y sin ella el pecado no tiene capacidad para dominarnos, como veremos cuando lleguemos a Romanos 7.

¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia? En ninguna manera (Romanos 6:15)

¿Cuántas veces has escuchado decir: «No puedes decirle a alguien que está bajo la gracia, porque vivirá como se le dé la gana»? Sin embargo, como bien se ha dicho, ¡la gracia cambia nuestros deseos! Es decir, la gracia cambia el modo en que queremos vivir. El Señor le dijo a Bartimeo: «Vete», pero al seguir leyendo vemos que «en seguida… seguía a Jesús en el camino» (Marcos 10:52). ¿Estaba siendo desobediente? ¡No! ¡Su camino era ahora el camino del Señor! Y así debería ser el anhelo de todo hijo de Dios comprado por sangre: seguir al Señor Jesús en el camino.

¿Cómo podemos siquiera pensar en continuar en el pecado después de que Cristo murió por nuestros pecados? Un sicario de la mafia sabe que no hay otra salida del crimen organizado más que la muerte. Pero, ¿qué pasaría si el hermano gemelo de dicho hombre se ofreciera como voluntario para morir a fin de engañar a la mafia haciéndoles creer que el sicario está muerto? Tan noble sacrificio resultaría profundamente deshonrado si el hermano continuara luego prestando servicio al crimen organizado. De igual manera, el Sacrificio más noble de la historia es igualmente deshonrado cuando continuamos en el pecado después de que el Señor murió para librarnos de nuestros pecados.

¿No sabéis que si os sometéis a alguien como esclavos para obedecerle, sois esclavos de aquel a quien obedecéis, sea del pecado para muerte, o sea de la obediencia para justicia? (Romanos 6:16)

A principios de los años sesenta había un programa de televisión llamado Reina por un día, en el cual se coronaba a la mujer con la historia más conmovedora, se la vestía con terciopelo rojo y se le pagaba una noche de fiesta por la ciudad junto a su esposo. En realidad, no era reina de nada ni de nadie, pero por una noche se la trataba como si lo fuera. Del mismo modo, el pecado ya no es nuestro amo, pero cuando nos rendimos a él, lo constituimos en nuestro rey y somos sus siervos durante ese momento de nuestras vidas.

Es fundamental que digamos algo acerca de la «muerte» que se menciona aquí. Como muchos términos bíblicos, la palabra «muerte» tiene múltiples significados. Existe la muerte física, por supuesto, la muerte espiritual (Efesios 2:1) y «la muerte segunda» (Apocalipsis 20:14). En cada uno de estos casos, el término conlleva la idea de separación, pues en la muerte física el alma y el espíritu se separan del cuerpo (Génesis 35:18), en la muerte espiritual el alma y el espíritu se encuentran separados de Dios (Efesios 2:1; 4:18), y en la muerte eterna el alma y el espíritu quedan separados de Dios por la eternidad (Apocalipsis 20:15).

Pero aquí en Romanos encontramos algo que nos gusta llamar la muerte cristiana: una condición en la cual todos los signos vitales espirituales del creyente quedan en «línea plana» en el monitor, y no se percibe evidencia alguna de vida espiritual. Es el pecado el que produce este efecto letárgico e insensibilizador sobre nuestra vida espiritual. Pero cuando esto ocurre, no necesitamos ser salvos de nuevo; solo necesitamos despertar. Es a los creyentes a quienes Pablo dice: «…Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos…» (Efesios 5:14). Los creyentes que han quedado inactivos en el pecado deben «velad debidamente, y no pequéis» (1 Corintios 15:34).

También se debe decir algo acerca de la «justicia» que se menciona aquí como recompensa de la «obediencia». Todo verdadero creyente sabe que «con el corazón se cree para justicia» (Romanos 10:10), y esta justicia no se puede obtener mediante nuestras obras (Romanos 4:5). Pero eso describe nuestra justicia posicional ante Dios, «el don de la justicia» que recibimos cuando confiamos en Cristo (Romanos 5:17). Cuando Pablo habla aquí de la «obediencia para justicia», se refiere a la justicia práctica que resulta de obedecer a Dios (1 Timoteo 6:11; 2 Timoteo 2:22; 3:16).

La gracia no es pasividad; es una fuerza transformadora que nos rescata del letargo espiritual y nos capacita para andar en justicia práctica. Pero, ¿cómo se traduce esta realidad en nuestro servicio diario y qué fruto produce en el creyente? El próximo martes cerraremos esta segunda parte estudiando Libertados del pecado: siervos de Dios y fruto para vida eterna, descubriendo el verdadero sentido de Romanos 6:23 para los creyentes. ¡Te esperamos!

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