La lógica del plan de salvación: Paz y entrada

Cornelius R. Stam|El glorioso resultado legal de la gracia: poseer una paz inquebrantable con nuestro Creador, acceso constante a Su presencia y la total inmunidad frente a la condenación divina.

por Cornelius R. Stam

La Sociedad Bíblica Bereana (Berean Bible Society) publica mensualmente en su sitio web la revista The Berean Searchlight, a la cual puede suscribirse siguiendo en enlace anterior. En 2T15, publicamos traducciones al español de artículos publicados originalmente en esa revista, con la finalidad de poner el mensaje de la gracia de Dios al alcance de los hermanos en Cristo de habla hispana. Sea de bendición para su vida.

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La semana pasada detallamos la imponente conclusión de que somos declarados justificados de manera gratuita e incondicional mediante la fe, completamente apartados de las obras de la ley. Siguiendo el hilo argumental y matemático de Romanos, esta posición judicial inalterable da paso inmediato a privilegios de valor incalculable.

Paz y entrada

Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo; por quien también tenemos entrada… (Romanos 5:1,2 - RV1960)

«¡Justificados… tenemos paz para con Dios!» ¡Qué bendición tan inestimable! Nosotros los creyentes somos propensos a dar esta bendición demasiado por sentada.

Desde el día en que confiamos en Cristo y la carga del pecado rodó fuera de nosotros, la mayoría no ha vuelto a tener una sola duda sobre nuestro destino eterno, y hemos comenzado a darlo por sentado. No alcanzamos a valorar lo suficiente lo que significa poder levantarse por la mañana, atender nuestros asuntos durante el día y entregarse a la inconsciencia del sueño por la noche, siempre seguros de que, gracias a la obra redentora de nuestro Señor, tenemos «paz para con Dios» y nuestro destino eterno está asegurado. Ciertamente, este conocimiento debería colmar nuestros corazones de constante gratitud y tener un efecto profundo en nuestra conducta diaria.

La bendición compañera de la «paz para con Dios» es nuestro pleno y libre acceso a Su presencia; otra bendición de la gracia muy poco valorada.

Algunos dispensacionalistas extremos niegan que el creyente de hoy tenga acceso a la presencia de Dios, puesto que ya está sentado a la diestra de Dios en Cristo. Les recordaríamos a tales personas que la misma epístola, e incluso el mismo capítulo que nos dice que estamos sentados en los lugares celestiales en Cristo, también nos dice que «tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre» (Véase Efesios 2). La distinción es sencillamente la que existe entre nuestra posición en Cristo y nuestra experiencia práctica.

Hace unos años, al autor se le acercó un hombre que, aunque en ese momento se postulaba para gobernador de su estado, era ampliamente mencionado como posible candidato a la presidencia de los Estados Unidos. Se desvió de su camino para entablar conversación y mostrar su interés en nosotros.

Imaginemos que este hombre ya se ha convertido en presidente de los Estados Unidos. Recordando nuestro agradable contacto con él algún tiempo atrás, le escribo una carta informándole que estaré en Washington el 23 de junio y que pasaré a saludarlo para reanudar nuestra relación. Con casi total certeza, él nunca llegará a ver mi carta. El secretario del secretario del secretario del secretario escribirá en nombre del presidente para decir lo complacido que estaba de saber de mí otra vez y cuánto le habría gustado que pasara por la Casa Blanca, ¡si no fuera por el hecho de que apremiantes asuntos de trabajo lo mantendrán ocupado todo el día!

Le escribo de nuevo expresando mi decepción por este «desaire». Le digo en efecto: «Cuando tenía el ojo puesto en la presidencia, usted me buscó. Entonces quería mi compañía, pero ahora que ha llegado a ser presidente, evidentemente ya no soy digno de su atención».

No vayamos a suponer que la naturaleza de esta segunda carta hará que se señale a la atención del presidente. ¡Ni mucho menos! Más bien, otro secretario mucho más abajo en el organigrama será propenso a decirle a su secretaria: «¡Dile de buena manera que se vaya a tirar al río!»

¡Naturalmente! ¿Cómo podría el presidente dar acceso personal a su presencia a los doscientos millones de habitantes de este gran país? La esposa del presidente y sus confidentes más cercanos poseen sin duda cierto grado de acceso a su presencia, pero que el lector o este escritor obtengan dicho acceso incluso para un período de quince minutos requeriría un gran esfuerzo. Y el presidente no es más que un hombre que pronto pasará de la escena.

Por el contrario, piense en la maravilla de nuestro libre acceso a Dios; cómo Él, el Soberano del Universo, nos invita a acercarnos confiadamente ante Su «trono de la gracia» según nuestra conveniencia, «para el oportuno socorro» (Hebreos 4:16).

Un amigo del autor, cuando era niño, solía preguntarse cómo Dios podía escucharlo a él y a su hermano hacer sus oraciones nocturnas al mismo tiempo. No sabía entonces acerca de la omnisciencia de Dios. Nosotros, criaturas finitas, estamos limitados a ver una sola imagen, tomar una sola bocanada de aire fresco y escuchar solo unos pocos sonidos a la vez. Si demasiadas personas nos hablan a la vez, pronto protestamos: «Puedo escucharlos solo de a uno a la vez», pero Él no. En Su infinita grandeza, Él puede prestar atención a un millón de creyentes de forma individual al mismo tiempo.

¡Qué privilegio que nosotros, criaturas finitas, y pecadores por naturaleza y práctica, podamos entrar confiadamente en la presencia de un Dios infinito y santo y asegurar Su atención personal! Jamás olvidemos que este alto privilegio fue comprado para nosotros por la preciosa sangre de Cristo y que, habiendo sido comprado de ese modo, es Su voluntad que nos valgamos de «esta gracia». ¿Podría existir mayor prueba de Su amor hacia nosotros?

Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne» (Hebreos 10:19,20)

Ninguna condenación

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús… (Romanos 8:1)

Esta es la siguiente conclusión lógica a la que llega el apóstol. Si el creyente ha sido justificado de manera tan completa que Dios mismo lo invita a Su comunión, ¿cómo puede haber alguna condenación o juicio posterior? «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?… ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica» (Romanos 8:31-33).

El apóstol, en Romanos 8, esboza las dos razones básicas por las que el creyente nunca vendrá a juicio por sus pecados; nunca sufrirá la condenación divina.

La primera razón es de carácter judicial. «Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». Comparecemos ante el tribunal de la justicia de Dios en Cristo, «el cual no hizo pecado». Cuando acudimos por fe al Calvario y reconocimos: «Esta no es Su muerte, la que está muriendo. Él no tenía muerte que morir, pues la muerte es el resultado del pecado. Él está muriendo mi muerte. Se está identificando conmigo»; en ese instante quedamos identificados con Él por la fe. El apóstol recalca esta verdad en Romanos 6:3, donde dice:

¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? (Cf. Gálatas 3:27; Colosenses 2:9-12)

Estar libres de condenación judicial no promueve una vida de indiferencia o descuido espiritual. Muy al contrario: la abrumadora certidumbre de haber recibido el favor inmerecido y la vida del Espíritu nos sitúa ante una enorme y gozosa responsabilidad moral. ¿A qué nos compromete este estatus legal perfecto? Te invitamos el próximo martes a leer la última entrega de nuestra serie para descubrir por qué Somos deudores y sacrificios vivos.

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